Los inquilinos de la Plaza Mayor tenían una servidumbre que los obligaba a ceder los balcones a los invitados de los reyes los días de festejos. Un día, Felipe IV tuvo el descaro de subir al balcón real a su amante, María Calderón, La Calderona, popular actriz que triunfaba en los corrales de comedia. Isabel de Borbón enfureció y el rey no tuvo más remedio que retractarse… a medias. Lo que hizo fue construirle su propio balcón en un lugar más discreto de la plaza que se llama desde entonces el balcón de La Marizápalos, el apodo de la actriz por el conocido baile que interpretaba.